El Caldero de la Luna – d

*

 

 

—Abre los ojos de tu corazón —repitió la voz fantasma de Ophelia.

Aquella frase me sacó de mis pensamientos hasta llevarme de nuevo a donde en ese momento yo debía decidir que camino elegir: enfrente tenía el camino de piedras negras, que se me antojó tentador en el caso de que Nicholás estuviera muerto ó el camino que me había mostrado Ophelia. “Pero no sabes a donde te conduce” pensé de manera de nuevo cegada por mis anteriores miedos y entonces repliqué para mi misma “Es un camino de esperanza, es obvio que no sea incierto el destino”.

—Abre los ojos del corazón —repetí mirando aquel camino de piedras también negras pero no cubiertas con sangre.

Indecisa di un paso hacia atrás observando otras diferencias entre ambos caminos, eran paralelos pero aquel otro sendero no tenía piedras con puntas para tropezar ni era amplio para pasar por él y tampoco tenía rocas a los costados como el camino del olvido, indicando su constante serpenteo a las orillas. Era como si alguien hubiera hecho esa nueva senda y nadie hubiera pasado antes por ahí, las rocas estaban desalineadas pero parecía firme y aunque no se notaba donde comenzaba, yo podía ver como cerca de mi sitio había una unión fantasma de los caminos. Eso me recordó de nuevo la palabra Esperanza.

—Es como si quienes pasaran por este camino, pudieran salir de él —exclamé maravillada, mientras me había aproximado más a mi resolución: evitar tomar la decisión fácil.

Solo puse un pie en ese camino y Ophelia volvió a aparecerse cerca. Nunca me di cuenta que ella estaba esperando pacientemente, como me había dicho antes ella y como luego me explicaría de la misma manera otra persona en ese viaje hacia donde estaba Nicholás.

Ophelia me tomó de ambas manos y me miró fijamente, sus ojos me recordaban mucho aquella esmeralda que tenía La Rose de Nicholás. Todo la regresaba a él y Ophelia me reprendió con duras palabras.

—Deja de soñar, Elizabeth por una vez. Eso también te aleja del Valle —parpadeé tomando nota de aquella frase pero Ophelia siguió diciendo— Necesitas concentrarte en lo que haces, prepararte para el camino y enfrentar lo que viene. De aquí en adelante las pruebas que te esperan son impensables para los mortales.

—¿Cómo he de superarlas? —exclamé con miedo, terror en realidad— Yo apenas puedo caminar de lo entorpecido que tengo el cuerpo. No sabré que hacer.

Ophelia me miró con una expresión de sabiduría y negó con la cabeza sin decirme nada. ¡Me abrazó! Ella también tenía un cuerpo en aquel sitio, eso trajo muchas dudas a mi mente sobre Ophelia y nuestro destino porque de alguna manera supe que no podría dejarla en ese sitio de los No Vivos.

—Ahora podemos continuar con el camino —señaló Ophelia mientras yo divagué en mis pensamientos— evita todo lo que puedas preguntarme pero escucha atentamente lo que te voy a contar.

—¿Sabes que eres una molestia considerable? —me replicó Ophelia después de que yo no la escuchara por el camino.

—Me ordenaste no preguntar —repliqué tratando de justificarme con el rostro sonrojado.

—Yo no te dije que no hablaras —me rebatió Ophelia mirándome a mi y no a la senda, como ocurrió en todo el trayecto que habíamos recorrido

—Lo lamento —contesté mirándola yo. Ella suspiró y miró al frente en tanto me dijo

—No más que yo, Elizabeth… Ahora tendrás tu primera prueba —me sonrió dejando que yo avanzara por el camino y luego alzó una mano diciendo—, ¡Abre los ojos de la mente!

Con la cara perpleja detuve mi andar, pero continué moviéndome hacia el frente. Atónita, me di cuenta que estaba flotando, alejándome de Ophelia. Quise gritar pero mis labios estaban sellados, quise llorar pero mis ojos se negaban a secarse y todo eso me pasó mientras mi compañera me decía “¡Abre los ojos de la mente!”

 

 

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El Caldero de la Luna – c

*

 

 

—Por ese sendero de piedras negras únicamente, lograrás alejarte de él —respondió Ophelia serena.

Bajé mi mirada hacia mis pies, no veía piedra negra alguna. Sería alguna analogía, porque no estaba en condición de seguir juegos y no tenía tiempo que perder para llegar a donde Nicholás. Ophelia dio un paso hasta acercarse a donde estaba, la neblina se disolvió mostrándome un panorama diferente a lo que estaba percibiendo con mis sentidos engañados por algún hechizo.

—¡El Camino del Olvido! —exclamé al reconocer aquellas piedras llenas de sangre, por todos aquellos que habían tenido que cruzar esa senda desde tiempos inmemoriales como pena a sus pecados.

—Nicholás se encuentra en otra dirección —pronunció Ophelia señalando a mi costado derecho. El camino podría muy bien confundirse fácilmente pero ella podía verlo a diferencia de mis ojos cubiertos con una gasa invisible.

—¿Cómo has logrado encontrarme? —dije sin saber si ella me buscaba— ¿Quién o qué ha estado detrás de mi y de Nicholás? —exclamé recordando vívidamente la visión de hacía no mucho.

Ophelia por el contrario no me miró en ningún momento, se mantuvo con las manos unidas frente a ella sobre un vestido negro con aplicaciones blancas. Temí que fuera un engaño, que incluso la visión fuera una trampa para alterar mis pensamientos y sacarme del camino que eligiera libremente seguir. Mis temores se reflejaron en mi rostro porque de inmediato respondió la Hechicera:

—He estado contigo todo el tiempo únicamente es hasta ahora, cinco dunas completas desde que llegaras al Valle, que me has logrado ver con tus ojos. Comenzaras a ver este mundo con toda la crudeza que solo se muestra a unos pocos por diferentes motivos, lo que tu consideras una pesadilla mientras duermes aquí es un modo de vida si lo deseas llamar así. Abre los ojos del corazón y encontraras la respuesta, sobre que camino deberás elegir.

Dicho esto, me miro por un segundo con esos ojos color esmeralda llenos de vida e inmediatamente se dio la vuelta para desaparecer de mi vista. Algo me decía que seguía ahí conmigo, como cuidándome de ese sitio y de los espíritus malignos que merodeaban constantemente el Valle; a quienes había yo reconocido únicamente por descripciones en libros de mi infancia en casa de mi abuela.

Di una vuelta sobre mis propios pies aún adoloridos. Estaba en medio de un sendero de piedras negras amplio y lleno de algo que mi vista identificaba como rojo, sangre seguramente, nadie estaba cerca ni en lo alto de lo que podría llamarse cielos que en realidad era una gruesa capa de oscuridad con manchones rojos como nubes relampagueantes. Constantemente evité mirar hacia arriba por la gran soledad que sentía entonces alejada de todo lo que conocía y había vivido, como si rayo de iluminación me hubiera caído en ese momento entendí las razones por las que no miré la realidad que entonces me rodeaba.

—Quise estar ciega de todo lo que me era desconocido —dije bajando la mirada y centrándola en un punto frente a mi entonces logré decir en voz alta— no era un hechizo sino más bien mi egoísmo por adaptarme a algo inexplorado. Nicholás lo comprendió y trató de advertirme pero no le escuché cuando fue el tiempo.

Me llevé una mano a la frente, bajé la mirada enfocando entonces la capa que traía puesta. Estaba llena de manchas de manos ensangrentadas “almas que deseaban detener mi andar” pensé con un escalofrío en la espalda mientras una lágrima caía de mi rostro hasta donde estaba una gruesa mancha roja en el camino donde antes estuviera mi pie a punto de avanzar. Ophelia había evitado con su voz, hacerme avanzar. “Aquellas almas como Ophelia, no deseaban mi mal sino todo lo contrario y por ello consiguieron acercarse a mi, de lo contrario La Rose los habría ahuyentado” reflexioné para mis adentros pensando en mi situación con Ophelia.

—Pero ¿Por qué hasta ahora logré verla y escucharla? —me pregunté sin darme cuenta, en voz alta, al escuchar mi propia voz reflexioné otra parte de sus palabras que me indicaban que ella si sabía cuanto había pasado yo en el Valle.

“Cinco Dunas” quise gritar pero mis labios no se movieron. La visión que había tenido no podría ser real, no porque Nicholás se veía joven como si no hubiera pasado tanto tiempo y, además de que seguía en su misión de hallar la Rose. “Imposible, seguro ha muerto ya” me invadió un pensamiento que casi me dobló por la mitad del dolor que hizo sentir a mi corazón.

 

 

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El Caldero de la Luna – b

*

 

 

Tenía la mano roja, él había recibido aquella herida. Estaba con los ojos cerrados tendido en el suelo como dormido pero lo rodeaban varias personas vestidas como asesinos, una de las cuales tenía un collar de plata y esmeraldas diminutas que llamaron mi atención, aquella era la piedra por la que seguramente Nicholás había terminado en tales condiciones. No tenía dones mágicos para poder convocar algo con el fin de alejarlos de Nicholás pero no fue necesario, al instante los hombres se echaron para atrás observando una figura envestida en una capa negra, impecablemente limpia. Era una mujer por su forma de caminar pero de una altura considerable, los hombres se rieron altaneramente mientras un guante negro aparecía debajo de la capa señalando a Nicholás, aún tirado en el suelo.

 

—Lady Victorine —dijo una voz refinada, el hombre más grande también tenía modales al parecer— Hemos cumplido con nuestra parte pactada.

 

La mujer solo giró lentamente la muñeca dejando la palma de la mano hacia arriba, el cuerpo de Nicholás se elevó del suelo. Me acerqué a pesar de saber que no tenía forma para auxiliarle de aquellas personas o simplemente aliviar alguna de las heridas. Nicholás se removió ligeramente, sorprendida miré a donde los hombres aún estaban charlando después de una paga, “Ellos habían maltratado a un lord solo por dinero” fue mi pensamiento pero me equivoque porque aquella mujer también tenía entre sus manos el collar.

 

Las piernas me estaban dormidas, no lograba moverme para acompañar aquel carruaje en el que habían introducido a Nicholás inconsciente. Gruesas lágrimas corrieron por mis ojos, un sentimiento en mi pecho se hizo cada vez más doloroso dando por consecuencia en la tierra, una lluvia con vientos fuertes, sobre los caminos que manejaba el cochero de aquel carruaje. De nuevo estaba sumida en la neblina perdida en el Valle de los Muertos Vivos, pestañé llevándome las manos al pecho, utilizaría todo lo que se me había enseñado para alcanzar mi objetivo. Consolé mi corazón pensando en la seguridad de Nicholás, aquella mujer no lo quiso muerto por una razón y anhelé una vez más estar con él para que ambas joyas actuaran, como lo había hecho la primera vez… cuando llegue a conocerlo en Londres.

 

Mi memoria voló hasta aquel día en el que la noticia de Voldemort muerto hacía furor por las calles. Los muggles estaban concentrados en una gran fiesta del pueblo mientras los magos festejaban una nueva celebración que para él era ociosa. Aquel día que había elegido para visitar al Mister Blackburn me había ataviado con vestimentas mágicas sin saber que éstas me serían de utilidad tiempo después. Recordaba el primer instante de sorpresa al entrar en la casa y ser recibida como se acostumbraba en el hogar de mis abuelos, con mayordomo y tarjetas de visitas. Yo había dejado esa costumbre por la poca práctica que se veía en los muggles con los que me acostumbré a vivir, después de la muerte de mi madre y de que yo sucedí en la dirección de la compañía.

 

De hecho, nadie sabía que yo pertenecía a una de las más antiguas familias de Londres ni siquiera yo misma hasta que recibí una tarde mi herencia familiar, posteriormente al fallecimiento de mi abuela. La Rose. Mi maldición familiar y en ese momento podía decir con total confianza que también era mi bendición.

 

En eso pensaba cuando una voz detrás de mi me detuvo exclamando algo que nunca había escuchado, en un idioma que me era desconocido. Me giré buscando algo más que a alguien pero me encontré con una mujer que solo en sueños conocía. Ophelia, La Hechicera Inglesa. Aquella mujer que me atormentaba en sueños y en ocasiones pesadillas, estaba ahí plantada como esperando algo de mi parte.

 

—No marches por ese camino —dijo una suave voz serena sin mirarme a los ojos—, te alejara del mundo de los vivos. Cambia por otro sendero.

 

—¿Qué? —fue mi única exclamación, no comprendía esa frase tan sencilla dado que mi mente estaba aturdida de haber visto a Nicholás siendo atacado— Debo llegar a donde Nicholás.

  

 

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El Caldero de la Luna – a

⤛ El Caldero de la Luna ⤜

Hechicero de la Luz, Capítulo Inédito
Marie Hunter

    

PREFACIO

Este relato puede leerse aislado, pero es asimismo una continuación del Hechicero de la Luz, donde se narraban algunas aventuras de Nicholás Blackburn buscando una joya, la Rose, su herencia en manos de una Cambell. Todos los personajes humanos son puramente ficticios.

Marie Hunter

 

Caminaba por una espesa neblina, había sido ingenua creyendo que podría ver el sendero de piedras blancas que me llevaría hasta donde Nicholás me esperaba. Estaba perdida, de eso no tenia dudas pero el miedo a perder la oportunidad de ver aquellas montañas hermosas, esas gruesas olas del mar a un costado y posar mi mirada en aquellos ojos únicos de él, hicieron que me levantara del suelo con la capa empapada suponía yo por la neblina y en parte por el suelo húmedo. Al menos había tenido el atino de tomar una de las capas de él, una de aquellas capas que tenían un forro de un material impermeable entre las capas de tela y a por eso me mantenía aislada de la humedad.

En aquel momento, sentía la planta de los pies entumidos del largo caminar y los ojos me escocían debido al sueño mezclado con el aroma putrefacto que se alcanzaba a percibir. No era nada extraño sentir aquello, por algo le llamaban el Valle de los Muertos Vivos, en mi caso era imprudente darme tiempo para pensar en ello. El destino había sonreído en mi favor llevándome una vida cómoda en aquellos lugares, llevaba ahí muchas dunas en el tiempo que se tomaba en el mundo sin rastro. En el mundo de los mortales, aquel mundo en el que extrañaba reposar en verdes lagos y disfrutar de la calidez del sol, una duna sería equivalente a varias vueltas de la Tierra al astro solar, cuatro para ser exactas.

Mientras caminaba de nuevo por un sendero húmedo con espinas de repente entre las pocas piedras en que apoyar el pie, trataba de contar mentalmente cuanto tiempo hacía que llevaba yo viviendo en ese Valle. A mi mente humana, le parecía una vida completa aunque no lograba concentrarme para determinar bien el tiempo en dunas completas, porque me acordaba del desconcierto que tuve al ser atraída por ése mundo. La nariz de nuevo me molesto, algo me había picado y me estaba haciendo estornudar, justo cuando sentí rozar algo a un nivel de mi muñeca. A pesar de que estaba ésta, cubierta por la capa, sentí mi sangre brotar. Lo que me hizo detenerme fue en realidad un pensamiento aterrador “Estaba siendo guiada a algún lugar” lo que fuera, espíritu y/o muerto, había perdido su poder sobre mi o de lo contrario no habría jamás sentido dolor.

Dolor, era una palabra presente en cada rincón que miraba pero yo sin embargo, al permanecer aún viva se me estaba negado sentir algo parecido ahí. La leyenda de la Rose no estaba completa en mi mente pero me protegía de todo aquello que estuviera a mi alrededor en el Valle de los Muertos Vivos, lo cual no suponía defensa contra lo que no podía tocarme. Si algo deseaba no llegara a donde Nicholás era incluso probable intentara por todos los medios desviarme del camino, dado que nada había logrado dañarme. Al pensar detenidamente en aquello, mire fijamente mi mano dándome cuenta que no tenía sangre alguna por lo que me asuste, abrí los ojos inmensamente y levante la cara buscando a mi alrededor como si algo estuviera a mi alrededor a punto de lastimarme. No podía ver nada pero no utilizaba en ese momento los ojos del rostro, al contrario trataba de percibir algo más allá de lo que estaba físicamente cerca y entonces logré concebir una visión de Nicholás.

 

 

 

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